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Un genetista recorre los lugares más agrestes el mundo en busca del ADN de poblaciones aisladas para "inmortalizarlo". En un futuro, cuando la tecnología lo permita, el material estará disponible para ser estudiado y utilizado en tratamientos de medicina preventiva que manipulará el ADN humano para "construir" bebés a prueba de ciertas enfermedades genéticas. http://www.discoveryespanol.com/features/000814gene/gene.html Tras días de seguir al guía de la caravana, que conoce como la palma de su mano esta región de Cachemira, disputada entre India, Pakistán y la China, Herrera apenas si se ha acostumbrado a la falta de oxígeno de los 4,000 metros de altura. Pero Herrera, profesor de genética de la Universidad Internacional de la Florida en Miami, se siente satisfecho porque en su morral carga la recompensa y el objetivo de la expedición: un envoltorio lleno de sobres de carta esterilizados que contienen cabellos humanos. Los cabellos les han sido arrancados de raíz, literalmente, a los campesinos de las aisladas poblaciones que la caravana ha ido hallando en el camino, quienes, tras escuchar una explicación que no siempre entienden, consienten al seco y doloroso jalón de su cuero cabelludo. La explicación les da a entender que con esas hebras de pelo los científicos podrán a prender más acerca de sus antepasados. Para Herrera, la idea es un tanto más complicada: "Obtener muestras de ADN (ácido desoxirribonucleico) de poblaciones a nivel mundial es la clave de nuestro esfuerzo para estudiar las variaciones genéticas entre grupos humanos", dice. Cada año, Herrera y su equipo de estudiantes del Grupo de Investigaciones en Diversidad Genética Humana, lanzan atrevidas expediciones para recolectar muestras de sangre -o en su defecto tejidos de otras partes del cuerpo, como la raíz del cabello- de poblaciones que aún son genéticamente más "puras" que el resto de la humanidad. Es decir, poblaciones que casi no se han mezclado con otras razas. Como los indios Cuna de Panamá, los vascos españoles, los habitantes de la alta montaña en los Himalayas, las aisladas tribus amazónicas, o los moradores del desierto en Egipto y Omán. De no ser preservada hoy para la posteridad, la relativa pureza genética de esas poblaciones se perderá para siempre en la inexorable mezcla interracial a que se está viendo sometido el planeta entero. Con los avances en el transporte y las comunicaciones, ni la más remota tribu indígena está exenta de entrar en contacto con otras poblaciones, y perder eso que la hace única. Es lo mismo que tomar un pincel y hundirlo en todos los colores de una paleta de acuarelas: el color resultante será un gris indefinido. "Puesto que muchos grupos humano son susceptibles o resistentes a enfermedades genéticas, el ADN que recolectamos y luego inmortalizamos en el laboratorio permitirá -cuando exista la tecnología- el estudio y tratamiento de enfermedades a nivel de ingeniería genética", dice Herrera. "Quizás en 200 años podríamos dar con la clave de una cura permanente a estos problemas, atacándolos modificando o sustituyendo el material genético que hemos preservado". Los habitantes de la región que bordea el Lago de Maracaibo en Venezuela, por ejemplo, tienen una altísima incidencia de mal de sambito, una enfermedad que deteriora el sistema nervioso central y causa el movimiento descontrolado de las extremidades. "Este gen defectuoso viene siendo transmitido desde una mujer española que emigró a finales del siglo XVIII", dice Herrera. "En el futuro se podrá reparar este gen en el embrión y corregirlo antes de implantarlo en el útero de la madre. De esta manera se impedirá que todos los descendientes de ese niño obtengan el gen defectuoso". Otros ejemplos de poblaciones hispanas con problemas genéticos incluyen un foco de albinismo en el noreste de Puerto Rico que aparentemente viene de Holanda; y una alta incidencia de sangre RH negativa entre los vascos de España, la cual puede producir una incompatibilidad entre la madre y el feto durante el embarazo. Actualmente Herrera tiene la tecnología que les permite a los futuros padres saber si específicas enfermedades genéticas se encuentran en su embrión antes de ser implantado en el útero de la madre, dándoles la oportunidad de pensarlo dos veces antes de iniciar el embarazo. En las últimas dos décadas, Herrera, quien llegó de Cuba a Estados Unidos en 1966 a los 12 años para sumergirse luego en el mundo de la biología molecular, tiene almacenadas muestras de ADN de miles de individuos pertenecientes a más de 150 poblaciones en los cinco continentes. Su diario de viajes se lee como las crónicas de Indiana Jones. Cuando no está evadiendo a los bombarderos que patrullan la frontera indo-pakistaní, o cabalgando en camello por los desiertos de Arabia Saudita, está inclinado ante un jefe indio que alega que sus genes son patrimonio nacional, o tratando de salir de un país en el que se ha desatado un brote de enfermedades. Y como el legendario arqueólogo, incluso le tiene pavor a las serpientes, no tiene reparos en tirar su saco de dormir en cualquier rincón, y come todo lo que le dan en los caseríos sin preguntar lo que es. Entre las recolecciones de ADN, y las muestras que le envían colegas de todas partes del mundo -incluyendo tejidos de momias colombianas, materia gris intacta de los primeros habitantes de la Florida, y sangre de las tribus Mapuche, Arawak, Kogui y Surui, entre muchas otras- el laboratorio de Herrera en FIU se jacta de ser uno de los repositorios mayores que existen de ADN humano. Sus dos enormes refrigeradores contienen miles de tubos de cristal, cada uno con una historia qué contar. La inmortalización del ADN es más que un término poético. "Al regresar de un viaje aislamos las células blancas de cada muestra de sangre, y luego las infectamos con un virus. Este virus transforma las células blancas en células cancerosas, es decir, las hace inmortales, porque los tumores no mueren nunca", explica Herrera. Este es un procedimiento ampliamente utilizado en laboratorios genéticos modernos, que permite que las células así tratadas sean capaces de crecer y multiplicarse en cualquier momento. Es posible congelarlas y descongelarlas varias veces, y seguir trabajando con ellas. Aunque el virus transforma las células, dice Herrera, es muy poco probable que llegue a afectar los genes que van a someterse a estudios posteriores. De esta manera, inmortalizar una muestra de sangre es mucho más que simplemente congelarla, y es por eso que investigadores de toda América Latina vienen hasta aquí para aprender cómo se hace. Esta especie de biblioteca eterna permite a Herrera y a su grupo hacer investigaciones de varias clases. Por ejemplo, colaborar con el FBI en casos forenses, suministrándoles bases de datos genéticos de varias regiones, para obtener patrones genéticos de miles de personas que ayuden a establecer inocencia o culpabilidad de un acusado fuera de toda duda. O determinar detalles acerca de la evolución humana y cómo han ocurrido las migraciones a través de los siglos. Su última expedición, hace pocos días, fue hasta Formosa, en la China, donde recolectó muestras de sangre de los descendientes de una remota población que aparentemente dio origen a todas las lenguas del Indo-Pacífico desde la Isla de Madagascar, en África, hasta la de Pascua en Chile. "Puesto que en este laboratorio tenemos muestras de casi toda esa región, vamos a investigar si esta isla en realidad dio origen a todo este grupo de personas". Pero Herrera no descansa. No acaba de regresar y está a punto de partir a Nairobi a obtener muestras de las tres tribus principales del país, para salir después rumbo a la provincia Szechwan, en la China, donde residen las siete minorías de ese país. Para sus críticos, el trabajo de Herrera -que incluye muchas otras áreas no mencionadas en este artículo- no es otra cosa que colonialismo científico, el uso indebido de los genes de la gente con oscuras razones científicas. Pero Herrera y sus colegas tienen muy en claro su misión, y las tremendas implicaciones éticas de la ciencia que dominará nuestras vidas en Siglo XXI y más allá, cuando no sólo podremos cambiarnos a nosotros mismos, sino el curso de la evolución de nuestra especie. "La historia de la ciencia está llena de casos en los cuales no sabíamos las consecuencias de las acciones que tomamos. Es como Colón cuando cruzó el Atlántico, que no sabía a dónde iba, ni lo que iba a encontrar. Como científicos, nos debemos preguntar cuáles son los riesgos de una nueva tecnología. Pero sería una falta muy grande el ignorarla. Sería como decirle a Colón: no vayas a las Indias". Sólo el tiempo dirá lo que hallaremos en este viaje hacia nuestros genes. Y podría ser mucho antes de lo que pensábamos. Por Angela Swafford Especial para DiscoveryEspañol.com |
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